‘Voces de Chernóbil’ de Svetlana Alexievich

“Quiero dejar testimonio: mi hija murió por culpa de Chernóbil. Y aún quieren de nosotros que callemos. La ciencia, nos dice, no lo ha demostrado, no tenemos bancos de datos. Hay que esperar cientos de años. Pero mi vida humana… es mucho más breve. No puedo esperar. Apunte usted. Apunte al menos que mi hija se llamaba Katia… Katiusha. Y que murió a los siete años.
NIKOLÁI FÓMICH KALUGUIN, padre”

1d4b8b0f9ff45c800e02fcd571bcc5d7da0cf518_originalCuando hace un año anunciaron a Svetlana Alexievich como ganadora del Nobel de Literatura, yo no sabía quién era. Había leído su nombre entre los posibles ganadores, pero ahí quedaba la cosa. Y ahora no puedo alegrarme más de conocerla. Voces de Chernóbil no es solo uno de los libros más humanos, con más verdad que he leído nunca, sino que además está escrito de una forma tan bella como terrible. Este ensayo recoge testimonios de numerosas personas que estuvieron en contacto, en mayor o menor medida, con el accidente de la central nuclear de Chernóbil de 1986. Los bomberos que tuvieron que ir allí el mismo día de la explosión, habitantes de lo conocido como zona prohibida, científicos, niños. Se crea una visión de conjunto en la que cada persona aporta una pieza clave. Poco a poco vamos conociendo la parte humana de la catástrofe, lo que vino después, la vida post-Chernóbil, lo que ya se viene comprendiendo desde el subtítulo de la obra, Crónica del futuro. Este tipo de acontecimientos suelen verse desde una perspectiva documental y, pese a no olvidar que hay gente sufriendo las consecuencias, en muchas ocasiones se pasa por alto, de puntillas. Otra de las formas en que se producen los acercamientos a Chernóbil es con la deshumanización completa de lo que ocurrió (caso de películas de terror como Atrapados en Chernóbil, donde el turismo nuclear termina con unos mutantes dando caza a los protagonistas). Lo normal es no pararse a pensar en esto, pero reflexionar sobre el asunto se vuelve imposible de evitar una vez comienzas la lectura del libro de Alexevich.

Lo que ella hace es lo contrario. Con las entrevistas a personas de cualquier clase y sin ningún sesgo (aunque ella misma dice que pregunta más por lo general a las mujeres), acerca la tragedia al lector de la forma más humana posible. Poco a poco nos vamos dando cuenta de que todo lo que se cuente es poco; tan solo falta oír los sollozos de la gente que habla aquí para estar más imbuida del espíritu que emana de la obra. La tristeza es devastadora, muchas veces lo único que apetece es dejar el libro a un lado para respirar tranquila unos minutos y liberarse un rato de la carga (pero eso sería hacer trampas, porque esto no es ficción). Cada testimonio nos aporta una nueva visión y una nueva forma de recordar la tragedia. Si la pena e incluso el terror son los componentes más usuales de las entrevistas, también encontramos el sentimiento de culpabilidad, la sensación de haberlo vivido mal, la comprensión repentina de que lo que se destruye no solo es Chernóbil sino un modelo de vida y de forma de estar en el mundo.

“Todos éramos parte de este sistema. ¡Creíamos! ¡Creíamos en unos grandes ideales! ¡En nuestra victoria! ¡Venceremos a Chernóbil! ¡Si nos lo proponemos, venceremos! Leíamos con entusiasmo lo que se contaba sobre la lucha heroica por dominar el reactor, que había escapado al control de los hombres. Llevábamos a cabo charlas políticas.
¿Se imagina usted nuestra gente sin una idea? ¿Sin un gran sueño? Esto también da pavor. Ya ve lo que está pasando ahora. Todo se derrumba.
VLADIMIR MATVÉYEVICH IVANOV, ex primer secretario del Comité Regional del Partido de Slávgorod”

Es curioso como además de toda la parte humana, Voces de Chernóbil realiza un minucioso retrato de la sociedad y el hombre soviéticos. Nadie niega que la tragedia sea posible en cualquier lugar del mundo, pero la forma en la que se sobrevive es diferente. La colectividad como algo importante, la confianza de los campesinos en un gobierno que ya les había dado por perdidos, la esperanza que se trueca en horror al ver a los niños nacer; y sin embargo, aún queda un resquicio de esa fe. Es curioso porque Chernóbil, como os digo arriba, se plantea desde el minuto 1 como la muerte de un estilo de vida y de una forma de ver el mundo. Digamos que se enfrentan con una perspectiva a la catástrofe para luego darse cuenta de que esta perspectiva no les vale de demasiado ya, que está obsoleta y que tienen que replantearse toda la vida de nuevo.

Querría comentar también algo acerca del texto en sí. Voces de Chernóbil es bellísimo. No conozco el proceso que Alexievich sigue más allá de entrevistar a la gente, pero supongo que su método incluirá una suerte de reescritura para aportar literatura al asunto. Es maravilloso cómo reflexiones tan interesantes pueden salir de personas de las que jamás te esperarías algo así; por más que ella luego depure ciertos aspectos de la narrativa de la gente, es la base lo increíble. Enmarcaría cada página, abrir el libro en cualquier monólogo es asegurarse una lectura apasionante en unos minutos. Y por si todo esto fuera poco, la obra termina con un epílogo desolador. La deshumanización de Chernóbil de la que antes os hablaba culmina en la creación del turismo nuclear, donde se paga para acceder a la zona radiada como si de una reserva o un museo se tratase. Me parece devastador, aunque es algo que me alegro mucho de hacer conocido gracias a esta obra. Tengo muchísimas ganas de leer algo más de esta autora que, además, parece elegir una serie de temas que al menos desde la óptica occidental son en cierto modo desconocidos.

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