‘A Little Life’ de Hanya Yanagihara

“Here, however, you made art because it was the only thing you’d ever been good at, the only thing, really, you thought about between shorter bursts of thinking about the things everyone thought about: sex and food and sleep and Friends and money and fame. But somewhere inside you, whether you were making out with someone in a bar or having dinner with your friends, was always your canvas, its shapes and possibilities floating embryonically behind your pupils. There was a period –or at least you hoped there was– with every painting or project when the life of that painting became more real to you than your everyday life, when you sat wherever you were and thought only of returning to the studio, when you were barely conscious that you had tapped out a hill of salt onto the dinner table and in it were drawing your plots and patterns and plans, the white grains moving under your fingertip like silt.”

51np5gnetdl-_sx327_bo1204203200_Cronología de un fenómeno: cuando A Little Life sale a la venta, no se dicen más que cosas buenas. Tras un periodo de tiempo prudencial, comienzan a asomar las críticas negativas. Qué digo negativas, las demoledoras: tildando a la novela de melodrama barato, drama buscalágrimas y a la autora de, en fin, sacacuartos emocional de primera categoría. Las opiniones se radicalizaron de forma inmediata hacia cualquiera de los dos extremos

¿Y yo? Tengo claro que me decanto por el positivo.

A Little Life (en español Tan poca vida, editado por Lumen) es, como ya sabréis, la narración de las vidas de cuatro amigos a partir de conocerse en la universidad. Willem, Malcolm, JB y, por supuesto, Jude, el más importante y en quien la novela se focaliza, contando toda su historia yendo hacia atrás y hacia delante en el pasado.

Sí, la historia es triste. Sí, es una novela que habla de abusos sexuales, autolesión, violencia, enfermedades, muerte, todo de forma explícita y sin titubeos para narrar momentos desagradables de leer. Sin embargo, esto para mí lo convierte en una obra no recomendable para gente que tenga problemas con este tipo de escenas (con problemas de autolesión ni os acerquéis a la novela). Nada más; esto no significa que se me ocurra catalogarla de culebrón. Para mí, la diferencia entre esta obra y un drama absurdo está muy clara, y es el tratamiento, la forma de contar la historia. En todo momento de la lectura veía que Yanagihara trata todo con un respeto y un tacto abrumadores. La perspectiva narrativa dista mucho de lo que yo definiría como melodramática; el vocabulario empleado es muy certero, pero no tiene ese tipo de fuerza. Por otro lado, durante las ochocientas páginas que conforman el libro, todo el componente dramático que tiene la historia parece disiparse un poco. El impacto continúa existiendo, pero la estructura de la trama se torna en ligeramente previsible. Tras la parte más liviana y feliz, es inevitable que vengan cosas malas. Hasta la última parte (después de los años felices, como los llaman en la novela), no da la sensación, como lectora, de estar asistiendo a algo que la autora quizás podría haberse evitado.

Me explico: prácticamente todo cuanto ocurre en la novela encuentra su causa en el pasado de Jude. En este sentido, no hay nada que sea ilógico o incoherente. Por más que se sienta lástima, la caracterización del personaje le convierte en alguien patético; no digo esto como algo malo, sino como alguien digno de compasión pero que es comprensible que arrastre toda la problemática. Y, en este orden de cosas, uno de los aspectos que más me interesaron durante la lectura fueron los personajes. Me gustaron por lo certeros, por lo humanos si os gusta más esa palabra. Por representar, sobre todo, una fachada de persona interesante que con un poco de interacción se resquebrajaba para dar lugar a gente cobarde, cruel, anodina, egoísta… a veces buena. La idea de que toda la estructura del libro se forme a partir de lo que todos los conocidos de Jude sienten por él y la dicotomía entre su punto de vista y el del resto del mundo, la forma que tiene la autora de hacernos ver esto. Me quedo, también, con la narrativa general de la autora, sus descripciones me parecen magníficas, por no hablar del modo de mostrar la historia.

“It was precisely these scenes he missed the most from his own life with Willem, the forgettable, the in-between moments in which nothing seemed to be happening but whose absence was singularly unfillable.”

No me parece una novela perfecta. Tiene sus problemas. En ocasiones, y sin hacerse tediosa (la historia es igual de interesante siempre), parece que se cuenta más de lo necesario, me habría gustado una narración más depurada; también se echa en falta algo menos de atemporalidad. En una obra tan ambiciosa que además recorre un periodo de tiempo tan largo como esta (cincuenta años son muchos años) me resulta raro que no haya ninguna referencia a nada cultural, político o social. No creo que a la autora se le haya olvidado, con el titánico trabajo que realiza, pero es una idea que no me casa con el resto de la novela. Sin embargo, pese a este tipo de fallos (menores), el balance general es muy positivo. Es una novela que me alegra haber leído, muy emotiva, dura, que se hace cuesta arriba, pero muy satisfactoria también. La última parte, algo menos atractiva para mí, se salva con el final, magnífico: las últimas páginas son todo un tratado de sentimientos (de uno de los personajes más interesantes del libro).

La recomiendo sin ninguna duda.

Otra cita, un regalín (merece la pena leerla de nuevo a posteriori):

“When your child dies, you feel everything you’d expect to feel, feelings so well-documented by so many others that I won’t even bother to list them here, except to say that everything that’s written about mourning is all the same, and it’s all the same for a reason –because there is no real deviation from the text. Sometimes you feel more of one thing and less of another, and sometimes you feel them out of order, and sometimes you feel them for a longer time or a shorter time. But the sensations are always the same.
But here’s what no one says –when it’s your child, a part of you, a very tiny but nonetheless unignorable part of you, also feels relief. Because finally, the moment you have been expecting, been dreading, been preparing yourself for since the day you became a parent, has come.
Ah, you tell yourself, it’s arrived. Here it is.
And after that, you have nothing to fear again.”

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