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«Katia se deja llevar en busca de la identidad». Entrevista Aroa Moreno Durán

Dentro del curso La industria del libro en la actualidad: de la edición al lector de la Universidad Complutense de Madrid, organizamos un encuentro literario en la librería Rafael Alberti. El encuentro se produjo el pasado martes, cuando nos reunimos con Aroa Moreno Durán para charlar con ella sobre su novela La hija del comunista (Caballo de Troya, 2017), acompañadas de Lara Moreno, editora del libro. Antes de que la presentación comenzase, tuvimos la oportunidad de realizar una entrevista con Aroa, que nos habló sobre la novela, el proceso creativo y el trabajo editorial que se llevó a cabo. Esperamos que disfrutéis de sus respuestas.


Eres poeta y has publicado poesía. ¿En qué momento o por qué tomas la decisión de pasarte a publicar narrativa en lugar de continuar con la poesía? Se trata de territorios distintos, ¿cómo has vivido el cambio?
lahijaLa poesía fue algo casi natural, un impulso que yo sentí muy pequeña. Mi hermana nació cuando yo tenía ocho años y le escribía un montón de pequeñas rimas. Sentí que era una forma de contar las cosas que me pasaban, que veía y que sentía, desde muy pequeña. Mi abuelo paterno también había escrito mucha poesía y a mí me gustaba mucho que me la leyera en alto, supongo que era la única de la familia que le pedía que le leyese los poemas que tenía en su cuaderno. Y cuando a un niño le lees cosas y le abres el mundo, nada es difícil para ellos; entendí que esa era una forma de expresión y fue la que utilicé durante mucho tiempo, desde los ocho años hasta la universidad. Pero a mí siempre me ha gustado escribir de todo. Yo hice Periodismo y entendí que la palabra era sólo una herramienta que se podía utilizar de formas muy diferentes. Había escrito también relatos y tenía ganas de escribir algo más largo, pero no sabía si el pulso me iba a acompañar a escribir algo como una novela, que requiere de un trabajo muy diferente a la poesía, de una constancia, en este caso de una investigación, de una documentación… y me metí ahí. No sabía si la iba a terminar alguna vez pero disfruté muchísimo. Me encantó escribirla, sentarme con los personajes, trazar la ciudad, darles un contexto e ir construyendo la novela. La historia estaba armada de principio a fin, pero al ir avanzando pasan cosas que no tenías previstas. Me gustaría volver a escribir una novela, pero nunca he dejado de escribir poesía. Para las cosas mías, para mis emociones, la poesía seguirá siendo la forma en que me exprese, y la narrativa es distinta. En La hija del comunista no hay nada de autoficción, es todo ficción.

¿Cómo viviste el proceso de publicar la novela en Caballo de Troya, una editorial con un planteamiento muy interesante? ¿Cómo fue trabajar con Lara como editora?
Lo viví muy familiarmente porque Lara [Moreno, la editora] es amiga mía. Yo estaba haciendo con ella una especie de tutoría de novela, nos reuníamos cada cierto tiempo y yo iba escribiendo partes de la novela: ella la conocía desde el principio. Cuando le ofrecieron ser editora de Caballo de Troya me dijo: “A mí me encanta lo que estabas haciendo, acábalo”. Era una apuesta un poco en falso. ¿Lo iba a acabar, iba a acabar bien…? No sabíamos nada. Coincidió que yo me quedé embarazada, tuve un niño… para mí fue una época muy complicada para decidirme a acabarlo. Pero otras veces se me ha pasado el tren en estos asuntos y pensé: “Esto lo tengo que acabar, por mí, por Lara, por todo”. ¡Y ha salido bien! Al final no éramos solo ella y yo en Berlín, sino que ha sido refrendado a través del premio Ojo Crítico. Trabajar con Lara ha sido además facilísimo, nos entendemos muy bien, nos conocimos leyéndonos antes de en persona y esa afinidad y la forma de entender la literatura hizo que trabajásemos muy fácilmente. Yo acepté todas sus sugerencias, ella entendió cuando yo quise no darle vuelo a ciertos temas en la novela… ha sido muy fácil. Y es muy bonito, meterte en algo así con alguien a quien conoces, y que salga bien.

la_hija_del_comunista¿De dónde viene la idea de La hija del comunista?
El germen de la novela surge porque estaba haciendo unas entrevistas diarias al poeta Marcos Ana, el preso político que más tiempo estuvo en la cárcel durante el franquismo, una persona muy comprometida, comunista. Me encargaron entrevistarle desde una editorial para que a través de las preguntas pudiese escribir un último libro contando sus vivencias. Él me dijo que cuando salió de la cárcel el Partido Comunista le llevó por los países del bloque soviético, a Rusia, a Cuba y a la Alemania del Este, donde se encontró con un grupo de exiliados españoles. Me sorprendió, nunca me habían contado que había exilio en la RDA. Conocemos el exilio de Francia, Rusia, México, Argentina, pero no conocemos el pequeño reducto de Alemania, donde vivían unas trescientas familias. Como tenía ganas de hacer una novela pero no encontraba la idea y no me planteaba la autoficción, empecé a investigar, y me encontré con historias de gente que tenía muchas cosas interesantes que contar, gente que había vivido la posguerra de la segunda guerra mundial, la guerra fría, el muro de Berlín, con toda la historia del siglo XX en su propia vida. El olfato periodístico, desde luego, ahí no falló: había algo que no se había contado, no había casi bibliografía. Por un lado, en Francia, el verano pasado, salió un libro sobre los españoles en la RDA. Por otro está Ilejanía, un libro que escribieron las hijas de dos exiliados, Mercedes Álvarez y Nuria Quevedo. Las entrevisté en Berlín para documentarme, habían publicado el libro en Alemania pero era casi desconocido.

¿La consideras una novela de aprendizaje?
Visto desde la perspectiva de la protagonista, tiene un crecimiento no solo a lo largo de los años, por las elipsis, sino de aprendizaje. ¿Aprende? Sí: acaba en el mismo sitio, pero los lugares en realidad son no lugares, una puede vivir toda la vida en el mismo sitio y no ser la misma persona. Cuando Katia llega a Berlín es cuando toma una decisión, su hermana le da una bofetada de realidad. Ahí intenté salvarla, que dejase de ser una arrastrada por las circunstancias y los demás y se enfrentase a su pasado, a las consecuencias que tiene tomar una decisión que no has calibrado lo suficiente o que no se puede calibrar. Para mí, ella crece en ese momento, aunque le cuesta mucho.

¿Por qué retrotraerse al Berlín de los años sesenta en lugar de ambientar la novela en torno a alguno de los quince muros que siguen vigentes hoy en día?
Supongo que lo que me contó Marcos Ana se encontró con el interés por el exilio, la posguerra, la memoria y la memoria familiar. El párrafo final del libro [sobre los muros en la actualidad], que puede ser evidente, lo pongo porque creo que las migraciones y las fronteras son uno de los problemas humanos más importantes de estos tiempos. El muro de Berlín y la Europa del Este fueron para mí algo muy ajeno, cuando el muro cayó tenía nueve años. Tal vez hubiera sido más fácil hablar de las vallas de Marruecos y España, pero a veces es muy difícil hablar de lo cercano. También sería fácil si la familia fuese de Madrid, yo soy de aquí, me siento de aquí… pero me dio respeto, pensé que no iba a conseguir hacerlo, y busqué desubicarles, aplicar lejanía a los personajes.

¿Cómo ves tú la vinculación entre identidad, patria y lengua que desarrollas en el libro?
Es uno de los temas principales, dónde reside la identidad. No hay una respuesta cierta, cada uno busca su identidad en un sitio. Katia piensa que su identidad estaba en un sitio y luego estaba en otro lugar. Creo que hay que respetar los sentimientos por la tierra, la lengua. La lengua de las emociones es la lengua materna, entiendo que uno se quiera expresar en esa lengua, quiero abrirme a que se busque la identidad en otros lugares diferentes a los míos. Yo, como Katia, encuentro la identidad en mi familia, en los que están detrás de mí. Esto me ha ayudado a ubicarme en el mundo, siempre me ha interesado saber de dónde vengo familiarmente, saber quiénes eran.

Durante toda la novela aparecen muchos símbolos como la nieve, las flores o el muro. Hablando del proceso creativo, ¿tenías pensado utilizarlos de antemano o se te ocurrieron durante la escritura?
Fueron surgiendo. Haber escrito tanta poesía me ayudó a tener cierta sensibilidad con el lenguaje, con el estilo. Pero no me propuse que algo significase una cosa u otra. De hecho, cada uno que lo lea pensará que significa una cosa u otra, las imágenes poéticas son así, se lanzan como forma directa de llevar algo al lector, pero en realidad el imaginario y el  bagaje del lector la traducirá como sea. Fue una cosa espontánea de la forma de narrar.

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Andrea Navacerrada (moderadora), Aroa Moreno Durán y Lara Moreno durante la presentación de la novela.

¿De qué huye Katia?
Un amigo me dijo que Katia es un personaje muy maltratado, que huye de la Historia pero esta siempre la acaba atrapando. Huye de los acontecimientos, de las sociedades que la atrapan. En realidad, yo no creo que huya, sino que más bien busca, ella no está mal en su familia, no es una persona política, constreñida… se deja llevar, en busca de la identidad. Cuando encuentra a Johannes, él le trae todo lo que ella no tiene, le ofrece su identidad y su raíz para compartirla con ella, y eso es lo que a ella le cautiva, aparte de lo que le deslumbra como chica de dieciocho años, todo lo que no puede tener y que al final rechaza.

¿Cuáles son tus influencias en esta obra?
Lo tengo muy claro. Leí dos novelas que me hicieron ver que quería escribir algo que se moviese entre ellas. Son obras históricas tratadas de forma sutil, diferente, desde las personas, que no hablan de la Historia sino de la intrahistoria, de lo que hay debajo. El primero fue El papel de mi familia en la revolución mundial de Bora Ćosić (Minúscula), un libro muy bonito, con mucho humor, que apareció en una edición facsímil y se convirtió en una novela muy leída. La otra novela es Purga de Sofi Oksanen (Salamandra), sobre la trata de mujeres y los desaparecidos durante la dictadura de Estonia, contado desde la perspectiva de una señora muy mayor que encuentra a una mujer tirada en su jardín, se hacen amigas y se cuentan sus historias. Esos dos libros fueron clave.

¿Cómo fue ganar el Ojo Crítico?
Fue una felicidad suprema. Al Ojo Crítico no te presentas sino que cada miembro del jurado lleva el libro de un autor novel de ese año. Yo no sé quién llevó la mía, pero de pronto te llaman y te dicen “Has ganado el Ojo Crítico”, así que fue muy bonito. Además, a la novela le ha dado una segunda vida. Había salido en febrero y habían sacado tres ediciones, pero en diciembre empieza a desaparecer, ya no se encuentra, se va muriendo. Y de pronto otra vez a la mesa de novedades, entrevistas… fue genial.

¿Qué hay en la mesita de noche de Aroa Moreno Durán? ¿Nos recomiendas algún libro?
Estoy leyendo La identidad perdida de Maria Dolores Moreno Burgos (Umbriel), porque tiene que ver con lo próximo que quiero escribir, también relacionado con la identidad y la memoria. También a Martínez de Pisón, porque modero una charla con él y Almudena Grandes en noviembre. Este último año he leído Ordesa de Manuel Vilas (Alfaguara). Es un libro que me ha encantado, una obra de autoficción. Habla de la relación con sus padres y de cómo algunas veces te olvidas de ellos. Para subrayarlo entero.

¿Cuáles son tus planes de futuro, algún proyecto a la vista?
Tengo un poemario sin acabar que tiene que ver con la maternidad, lo que estoy viviendo ahora las veinticuatro horas del día. También me gustaría escribir una novela, estoy tramándola, armando el caparazón, el guión, para empezar a escribir cuanto antes. Esta es la parte más ardua para mí, pensar desde dónde la cuento, hacia dónde va a ir, cuál va a ser el tema de fondo, qué sentido tiene contarlo… y por otro lado, te preguntas todo el rato ¿quién va a leer esto? Pero es un momento muy bueno para mí como escritora y no quiero dejarlo pasar, así que voy a aprovechar.

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