crítica

«La humanidad se estaba desgastando». El amante de lady Chatterley, D. H. Lawrence

Nuestra época es esencialmente trágica, por eso nos negamos a tomarla trágicamente. La catástrofe ya ha ocurrido, nos hallamos entre las ruinas, comenzamos a construir nuevos y pequeños lugares en que vivir, comenzamos a crear nuevas y pequeñas esperanzas.

El-amante-de-lady-ChatterleyDudaba de si escribir este texto. Hablar ahora mismo de determinados libros no deja de ser una suerte de posicionamiento por mi parte: ¿a quién puede interesarle mi opinión sobre una novela publicada hace noventa años, cuya polémica queda obsoleta? Sin embargo, con este tipo de obras suele ocurrir que son más comentadas que leídas. A fin de cuentas, supongo que muchas no estaréis interesadas en otra novela de adulterio más, esta vez sin censurar y con escenas sexuales explícitas, esta vez moderna, esta vez inglesa y posh. Pero es que El amante de Lady Chatterley (Lady Chatterley’s Lover, 1928) no es solo eso.

Os lo digo yo, que buscaba porno victoriano* y me encontré en realidad con una visión muy actual e interesante sobre la mujer, el hombre, el deseo, el poder. Y, en otro orden de cosas: sobre el Romanticismo, las malditas apariencias y… la lucha de clases (¿es este el nuevo formato del meme “vine buscando cobre y encontré oro”? Tal vez). ¡Cómo os quedáis! Uno de los elementos más fascinantes de la obra es, por supuesto, Connie Chatterley, cuya visión y construcción (cimentada en un conflicto maravilloso en todos los aspectos de su vida) es lo que hace que el libro sea tan inteligente. No estoy hablando, aún, de la aventura sexual que tiene con el guardabosques, que es tan solo una forma de mostrar ese desajuste que siente con la realidad que le ha tocado vivir: se refiere a su odio por la casa en la que debe quedarse encerrada (ella preferiría la libertad que le otorga el bosque), rechaza toda la palabrería con que su esposo elude vivir (que es, a fin de cuentas, su mayor necesidad, la vida que se le roba). «¡Tiene usted que divertirse!», le dice el médico, que la ve seca, tiesa, apagada en esa casa grande, aburrida como una mona.

Y efectivamente se divierte: comienza una aventura con el guardabosques como forma de rebelarse frente a la vida que se le ha propuesto. Esto tampoco es una cosa novedosísima, ahí están Edna, Emma, Anna y compaía. Pero, no contenta con tener una aventura (algo que le recomienda su esposo porque él no es capaz de acostarse con ella, dado que de cintura para abajo está impedido), la tiene con un hombre de extracción baja, rudo como él solo, un tipo fornido, bestia, de los que escupen en la calle toda la flema y gritan a las camareras moza. Pero claro: a lady Chatterley lo que le pasa es que quiere que le den por saco a estos burgueses pretenciosos, que son todo discurso, que van de amigos del proletariado y son rastreros y mezquinos y solo miran por ellos, lo que se ve en la evolución grotesca del personaje de sir Clifford (que también es maravillosa narrativamente hablando porque Lawrence es una BESTIA PARDA de la literatura). Ella observa y alucina ante la injusticia (de una forma muy pasiva, todo hay que decirlo) sin querer formar parte de ella; de hecho, se cansa también del amante de clase medio alta que tiene al principio de la novela. Todo esto porque está harta del discurso y quiere vida, felicidad, quiere intimidad (a su manera) y también un poco de jolgorio, y cree que al menos en ese otro lugar podrá tener todo esto. Connie huye hacia adelante (y para mí, el final es muy satisfactorio) y así se construye su avance.

A juicio de Connie, su generación había dejado sin validez todas las grandes palabras. Amor, alegría, felicidad, hogar, madre, padre, marido: todas esas palabras grandes y rebosantes de energía estaban medio muertas, y de día en día más se acercaban a la muerte.

Y atención porque todo esto es Connie (la mayor parte de la novela es ella), ¡pero el narrador también trae tela! Aburrido como él solo, deteniéndose en todo aquello que la lectura diagonal desestima, lento, muy rojeras (es él quien plantea el discurso sobre la lucha de clases más en concreto). Se regodea en la construcción de los espacios y de los personajes de un modo exquisito. Me ha encantado, pese a tener una traducción que no le hace justicia (he leído fragmentos en inglés y, la verdad, me gustaría leerla así entera), arcaizante, poco afortunada en la selección de las palabras cuando aquí es evidente que hay un interés en lo formal, una densidad semántica que te mueres, para luego bajarte a la tierra cuando se pone a hablar de los encuentros sexuales entre ellos. Es una gozada.

No quiero seguir dandoos la turra. Que al final todo esto es discurso, Connie se va a enfadar conmigo (yo hablando de mis movidas mientras finjo que hablo de un libro, qué sorpresivo y novedoso acontecimiento). D. H. Lawrence, te quiero mucho. El libro lo tenéis disponible en Wikisource en inglés, gratis, legal y fresquito; en español hay una edición muy elegante, ilustrada y carísima en Sexto Piso. Vosotras sabréis cuál es la mejor opción.

Por cierto. El mismo año que se publicó esto, también se publicaron cosas como el Orlando de Virginia Woolf o La llamada de Cthulhu de H. P. Lovecraft. Me flipa la literatura.

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*Porno victoriano: conjunto de obras sentimentales del siglo XIX y principios del XX. No tienen por qué tener sexo, pero se habla de este, sea de forma explícita o con insinuaciones veladas. Por ejemplo, Madame Bovary o Las amistades peligrosas. Jane Austen no entra, porque es demasiado elegante para esto.

crítica

‘La puerta de los ángeles’, de Penelope Fitzgerald

—No tengo familia. No tengo dinero. No quiero llamarte enfermera. Quiero llamarte señorita. Quiero llamarte Mujer Eterna. ¿Te avergüenza?

angelicosHace tiempo os hablé de La librería, un relato encantador sobre la esperanza o qué hacer cuando esta se ha terminado. Me imaginaba que más tarde o más temprano volvería a leer algo de Penelope Fitzgerald, pues me conquistó con su costumbrismo, pese a que el libro no se convirtiese en uno de mis favoritos. Así pues, cuando vi que en la biblioteca disponían de La puerta de los ángeles (The Gate of Angels, 1990), me lancé de cabeza.

Por resumir un poco el argumento, este libro va de un muchacho que quiere casarse, pero no encuentra una muchacha ni dispone del contexto adecuado para hacerlo; por otro lado, va de una muchacha que se deja mecer por un mundo injusto que la mueve como quiere. Y, por resumir un poco esta crítica, he disfrutado más de esta lectura que de La librería, me parece una novela sobresaliente y creo que deberíais leerla. Fitzgerald presenta una historia hermosa, que se mueve entre lo amargo y lo agradable sin llegar a afincarse en ninguno de estos dos ámbitos.

Sin grandes ostentaciones formales, la historia que presenta Fitzgerald en La puerta de los ángeles es una composición muy curiosa y entrañable sobre la resignación y sobre la valentía necesaria para soportar un mundo que busca dominar y regularizar a todo el mundo. Gracias a sus personajes principales, Fred y Daisy, la autora consigue hacernos llegar toda esta desazón soterrada y este dejarse llevar contra el que se lucha hasta comprender lo absurdo de la lucha. Mentiría si no dijera que es la parte de Daisy la que más he disfrutado y más me ha llegado al corazón: es una historia forjada a partir de encuentros inesperados y repentinos, de momentos cruciales y decisiones en apariencia incomprensibles pero que no carecen de fondo. Veo bastante absurda la expresión “novela de personajes” (porque la narrativa suele ser sus personajes), pero entiendo su uso en determinados contextos en los que es a partir de los personajes que se desarrolla la trama, como este. Sin ser demasiado activos ni demasiado pasivos, una encaja a Fred y Daisy en sus pequeños cosmos como elementos que se retroalimentan: cuando terminas de leer la novela, comprendes que no podría ser de otro modo, y no podría ser otra gente.

He visto mucha luz en La puerta de los ángeles. Donde La librería era una historia abocada al fracaso, aquí encontramos, más bien, una serie de fracasos abocados a la historia; la sensación final es, por tanto, la de una novela de las que dan calorcito por dentro. No sé: luz, esperanza, fuerza. No es una obra inspiradora, no me malinterpretéis, no hay aquí una intención de mostrar una verdad reveladora. Es más bien que con ese costumbrismo que tan bien domina Fitzgerald otorga entidad a los personajes, a su historia, y genera un cierto entusiasmo, una fuerza muy fuerte durante todo el texto y que equilibra la balanza de sobriedad y fe, de razón y lucha fantástica e imposible.

Es absurdo pensar que podemos analizar la sangre cuando se nos rompe el corazón.

No me canso de recomendar a la gente que lea a Fitzgerald, más aún después de leer esta novela tan estupenda. Por mi parte, estoy deseando hacerme con A la deriva, que ganó el Man Booker y que promete ser una obra tan interesante como esta.

(Editorial Impedimenta, 2015. Traducción de Jon Bilbao. 240 páginas)
crítica

‘La mano izquierda de la oscuridad’ de Ursula K. Le Guin

Es algo terrible, esta bondad que los seres humanos nunca pierden. Terrible, porque cuando nos encontrábamos desnudos en la oscuridad y helados, no teníamos otra cosa. Nosotros que somos tan capaces, tan fuertes, terminamos en eso. No nos queda otra cosa.

kleguinHabía leído con anterioridad a K. Le Guin (1929-2018), la saga de Terramar (¿completa?). Pero nunca me había adentrado en su ciencia ficción, así que decidí afrontar en primer lugar la lectura de La mano izquierda de la oscuridad (The Left Hand of Darkness, 1973), una de sus primeras obras y, de hecho, aquella que la llevó a la fama, ganando el premio Nebula y el Hugo, en 1969 y en 1970 respectivamente. Un excelente palmarés para una novela que disfruté, aunque con reservas, y que me pareció muy sorprendente en algunos de sus planteamientos.

La mano izquierda de la oscuridad nos sitúa junto a Genly Ai, enviado de una suerte de federación intergaláctica al planeta Invierno para conseguir que su población se una a ellos. De esta premisa parte K. Le Guin para desarrollar una original raza en la que la gente es agénero, no existe la sexualidad y se produce un celo durante el que se decantan por uno u otro sexo. Algo así (mi descripción no es del todo acertada). Era todo este planteamiento el que me llamaba la atención y no me considero decepcionada, pues supone una revisión interesante no ya a los roles de género como tales, sino a los “dictados biológicos” que cualifican a los sexos (violencia/cuidados, guerra/intriga). Todo esto compone una crítica al binarismo sexual y a la sexualidad cimentada en una raza en la que cada ser demuestra características, como es lógico, propias de ambos sexos. Desde la mirada de Genly asistimos a una serie de experiencias que a veces le resultan grotescas, a veces absurdas, pero que llegan a conformar una identidad de lo más singular e interesante.

El principal problema que me encuentro (yo) al leer esta novela es que ha perdido parte de su efectividad con el paso del tiempo. Esto es bueno: no resulta tan novedoso esta perspectiva de un mundo sin géneros porque conozco el feminismo radical y la teoría queer y, más importante, tengo amigos que todos los días luchan contra unos roles y dictados de género limitantes y muy estúpidos. Pero sigo valorando La mano izquierda de la oscuridad de manera positiva porque se trata de un texto con una crítica muy discreta y una cadencia fantástica a la hora de presentar su historia. Me parece una lectura perfecta no ya para mí, sino para iniciar en la reflexión a cualquier persona a la que la palabra patriarcado le suene a chino.

A estos planteamientos que ubican la obra dentro de lo que sería la ciencia ficción feminista, se le añaden una serie de elementos positivos, como un ritmo muy lento, ralentizado por una prosa pausada y una presentación suave de personajes y situaciones, que hace que la novela se aleje del género de acción y se aproxime al de la ciencia ficción que a mí me gusta. La mayor parte del libro versa sobre intrigas palaciegas y conjuras políticas, además de charlas sobre por qué hacer esto y no lo otro, sin pasar gran cosa significativa más que en los momentos de cambio de trama más relevantes. Es todo esto lo que me ha resultado más interesante, dinámico y enriquecedor a nivel literario. K. Le Guin es una excelente narradora, que elimina lo innecesario de su obra mientras pausa todo, lo cual es muy inteligente y muy guay. En este sentido, destacar también todos los fragmentos enciclopédicos sobre el planeta Gueden, muy golosos y que plantean información extra sobre su cultura y su sociedad. Y, por supuesto, esa lúgubre y angustiosa ambientación, tan fría que una puede sentir los temblores durante la lectura.

Me hubiera encantado que toda la obra fuese así, la verdad. Pero lo cierto es que a partir de cierto punto, pese a continuar con parte de la reflexión, se llega a una parte de la trama en la que lo que predomina es la acción y la aventura… y no me pareció, ni de lejos, tan interesante. En cierto modo, el discurso social y sobre géneros/sexualidad no deja de aparecer, pero queda supeditado a la trama que, en mi opinión, se alarga demasiado. Por otro lado, me da un poco de rabia pensar en lo que esta trama podría haber sido (y hablo de la edición en español) con algo más de ambición y actualidad: pronombres neutros, terminología más concreta… Genly es un extranjero, y como tal en sus narraciones predomina el desconcierto hasta la posterior comprensión, pero a veces en aquellos capítulos focalizados en los guedenianos se nota una cierta tosquedad en los desarrollos (fuera de lo que es la crítica en sí, que es magnífica).

Sobre todo para quienes estéis interesados en la ciencia ficción o en el feminismo en la ficción, K. Le Guin es indispensable. Pero también para los escritores, para aprender sobre narrativa… una obra recomendable con pasajes muy interesantes.

(Editorial Minotauro, 1973. Traducción de Francisco Abelenda. 330 páginas)
crítica

‘The Girls of Slender Means’, de Muriel Spark

It was not the first instance of a man taking a girl to bed with the aim of converting her soul, but he, in great exasperation, felt that it was, and poignantly, in bed, willed and willed the awakening of her social conscience.

girls.jpgEn el Londres de 1945, las señoritas cuyo dinero es escaso viven en un albergue llamado el May of Teck club. La novela explora las apacibles y en apariencia aburridas vidas, relaciones e intereses de las jóvenes habitantes del edificio, que en este momento en concreto gravitan en torno a la figura del escritor Nicholas Farringdon.

Espero no ser la única que no conocía a Muriel Spark (1918-2006), autora escocesa prolífica pero no muy recordada. Lo cierto es que The Girls of Slender Means (1963) llegó a mí tras una visita de mi familia a Edimburgo, emergiendo de una nube de desconocimiento. Tras la lectura, entiendo que no sea una escritora demasiado relevante a día de hoy, pues pese a que tiene una cierta elegancia en su prosa, la novela carece de interés más allá de una historia entretenida. Como ya os he dicho, estas son las vidas de una serie de chicas que viven juntas en un hostal/albergue de Londres. Cada cual decida si esta imagen le produce algún tipo de interés; a título personal, la novela costumbrista sencilla, en la que nos asomamos a los asuntos de unos personajes que parecen sin chicha ni limoná, me resulta muy disfrutona. Esto fue lo que más me atrajo de la novela a priori, pero no me esperaba que las viñetas que aquí se presentan fuesen tan anodinas, tan carentes de una cierta sustancia que revistiese su simplicidad de una grandeza mayor.

Ninguno de los personajes que aquí se presentan llegan a justificar la narración. No hay personalidad aquí, tan solo pequeños toques de una cierta inteligencia en la creación, pero la mayoría de las escenas carecen de la evocación, la emotividad que podría esperarse. Ni siquiera Nicholas, el histriónico, caricaturizado y en ocasiones grotesco Nicholas, llega a resultar demasiado interesante. Asistimos a páginas y páginas de unas historias que no nos interesan demasiado, que no tienen apenas conflictos (ni explícito ni subyacente), monótonas excepto en momentos puntuales en los que el ingenio narrativo de Spark sale a relucir. En este sentido, las escenas más simpáticas son aquellas en las que se presenta a los personajes (con mucha perspicacia), pero anteceden a unas tierras baldías carentes de emoción que se leen como si nada, pues la narrativa es amena y ligera, pero que no aportan gran cosa.

Y de pronto llega el final. Parece que Spark se percató de que su obra no tenía apenas tensión narrativa, no disponía de pulso, y decididó introducir algo que podemos denominar dramón del quince, tragedia griega o final de temporada de telenovela mala. Hacia tiempo (estoy segura que desde que dije adiós a la literatura juvenil) que no leía un trabajo tan chapucero y excesivo. En las últimas páginas se concentra todo el conflicto innecesario que no se dejaba ver en el resto de la obra, con una pomposidad y una grandeza que me hacen pensar que esto buscaba que las muchachas lectoras se llevasen una mano al corazón, acongojadas. Es un golpe de efecto. ¿Efectista? Muchísimo.¿Efectivo? A mí no me ha convencido.

The girls on this floor were not yet experienced in discussing men. Everything turned on whether the man in question was a good dancer and had a sense of humour.

Hay algo muy bueno en The Girls of Slender Means, algo que hace que la lectura, fallida en muchos aspectos, merezca la pena. Muriel Spark es una autora divertidísima. Sus observaciones sobre los personajes, maliciosas e inteligentes, son una maravilla, y es esto lo que hace que las presentaciones sean tan deliciosas. Por otro lado, de vez en cuanto tiene momentos de extremada lucidez, momentos en los que se deja entrever alguna intención más allá de la trama, algún tema fuera de las vidas de las jóvenes. En este sentido es muy interesante el personaje de Joanna, la constante más evidente en la novela, cuya voz siempre se eleva sobre todas las conversaciones, cuya forma de ser obsesiona a otros personajes llegando a convertirse en núcleo de la obra. Pero este único elemento no llega a contrarrestar la pobre construcción del resto de la novela, pese al interés que llega a provocar en escenas puntuales.

Si tenéis algún tipo de afán completista con este tipo de narrativa, o alguna curiosidad especial, adelante. Pero estoy segura de que habrá novelas mucho mejores que esta, que no pasa de entretenida. No me disgusta haberla leído por la sornita de la Spark, pero no creo que repita con la autora.

(Editorial Impedimenta, 2011. Traducción de Gabriela Bustelo. 178 páginas)
crítica

‘La librería’ de Penelope Fitzgerald

Un buen libro es la preciosa savia del alma de un maestro, embalsamada y atesorada intencionadamente para una vida más allá de la vida y, como tal, no hay duda de que debe ser un artículo de primera necesidad.

la libreriaConocí La librería por la película de Isabel Coixet; fue la adaptación (dulce, trágica, rebonica, emotiva) la que me llevó a leer la novela, algo que me alegro de haber hecho. La trama es la siguiente: Florence Green, viuda y lectora, decide abrir una librería en el pueblo donde vive. Lo que parece una decisión inofensiva en un principio activa toda una serie de procesos en el lugar que traerán de cabeza a la protagonista

La librería no es una novela difícil, comprometida o densa. Nada por el estilo: se trata de una obra de plácida lectura, muy entretenida, muy dulce y con una trama sencilla pero agradable. Es una obra muy pura, muy amena, muy mona; la trama que se plantea es sencilla y su ejecución no dista mucho de esto. Como la película, es tierna y emotiva a ratos, aunque aquí se produce una separación mayor entre lector y personajes, inevitable por la lejanía de que Fitzgerald impregna a su narración. Supongo que todos los lectores tenemos un cierto interés, mayor o menor, en la novelística que habla de libros (autores, bibliotecas, librerías), pero leer La librería en ese sentido puede resultar decepcionante, puesto que no hay aquí mayor referencia a la literatura. Florence abre una librería, y ama leer, pero no se mencionan títulos, lo cual es una verdadera lástima. La literatura es tan solo un recurso narrativo.

Últimamente se había empezado a preguntar si no tendría la obligación de demostrarse a sí misma, y posiblemente a los demás, que ella existía por derecho propio.

Es interesante la forma de narrar de Penelope Fitzgerald. No ahonda apenas en la psique de los personajes, no se centra en describir ciertos aspectos de la mente de Florence, y sin embargo somos capaces de comprender todo aquello cuanto ella piensa. Tiene una voz narrativa casi quebrada, en la que el silencio es mucho más relevante que aquello que sí se dice, y pese a ello sus descripciones son vivaces y muy visuales. Todos los diálogos de la obra son tremendamente pintorescos y tiernos, consiguiendo así que los personajes tengan una cierta humanidad de la que por la focalización que se le da a la historia carecerían. Es curioso, porque pese a tener un tono general bastante pesimista (la gente no es buena, parece revelarnos la historia de Florence) es una de estas obras que te hacen sentir en paz. Que te dejan bien. Sosegadita.

La novela es tan costumbrista, tan con olor a casa antigua recién barnizada, que sorprende que fuese publicada en 1978. Parece más bien beber de esa tradición tan inglesa de una narrativa pausada pero de ojo cotilla, en la que observamos a través de las ventanas y descubrimos pequeños retazos de historias familiares. Y así es, en realidad: La librería es una obra sencilla que se cuela en la vida de un personaje muy pequeño para relatar una historia de coraje, fuerza y lucha.

Ninguna de las dos estaba preparada para reconocer que le gustaría proteger a la otra. Habría sido como permitir que el miedo entrara en la habitación. El miedo parecería más natural si el lugar hubiera estado a oscuras, pero la luz brillante de la tienda inundaba toda la estancia.

Me parece interesante mencionar las muchas diferencias existentes entre película y novela. Es una adaptación lineal que recoge prácticamente todos los elementos del libro (obviando algunos como el poltergeist), y sin embargo los resultados son muy diferente. La película incide muchísimo más en las relaciones de los personajes (sobre todo con toda la dialéctica entre Florence y el señor Brundish, maravillosa), mientras que en la novela toda la mayor importancia recae sobre Florence y no hay apenas referencias a otras psiques. Si bien ambas obras me han resultado de calidad pareja, me parecen reseñables los cambios que pueden efectuarse en una trama alterando apenas el foco y el tono. El mayor de los cambios es en el espíritu: pienso que la novela es más entrañable y la película más melancólica.

La librería es una buena novela para combinar con otras de mayor densidad, para despejar la mente y oxigenar un poco, pero sin bajar la calidad de las lecturas. Fitzgerald posee una chispa, una agilidad a la hora de escribir, que le da fuerza y gravedad, certidumbre al texto. Si disfrutasteis la película (¡ganadora de varios Goyas de los gordos, por cierto!) no puedo menos que recomendaros que le echéis un ojo al libro.

(Traducción de Ana Bustelo para Impedimenta, 2010)
crítica

‘La puerta del destino’ de Agatha Christie

—¡Libros! —exclamó Tuppence.
La palabra, en sus labios, tuvo el efecto de una malhumorada expresión.
—¿Qué has dicho? —preguntó Tommy.
Tuppende volvió la cabeza hacia él, que se encontraba en el extremo opuesto de la habitación.
—Dije: “¡Libros!”
—¡Ah! Ya comprendo —contestó Thomas Beresford.

puerta de destinoAgatha Christie es una de las más célebres escritoras inglesas del pasado siglo. Gracias a esto, sus fans no sufrimos la desconexión que suele ocurrir con autores del pasado: lo difícil, en este caso, es no encontrar sus obras en las librerías. Y yo encantada. Hoy os traigo La puerta del destino (Postern of Fate, 1973), la última novela escrita por la autora.

En esta obra la autora se reencuentra con dos de sus personajes recurrentes, Tommy y Tuppence, un matrimonio de ex espías ingleses. La pareja se muda a un nuevo hogar y ella, curioseando por la casa, descubre una anotación en un libro: “Mary Jordan no murió de muerte natural. Fue uno de nosotros”. Este será el punto de partida de una investigación en torno al pasado que llegará, sin embargo, hasta el presente de los personajes, poniendo en peligro sus vidas.

Soy una gran admiradora de la obra de Christie. Es una autora a la que acudo para hallar lecturas ligeras, poco exigentes, cuando los textos más complejos me saturan. Leerla es como volver a casa después de mucho tiempo sin estar en ella. Sus novelas me gustan más o menos, pero siempre me ayudan  a desconectar: Christie maneja de forma excelente el misterio y las investigaciones. Es una autora muy inteligente, sus personajes son deliciosos y su forma de guiar al lector estupenda. Si nunca habéis leido nada suyo, deberíais hacerlo (sentíos libres de pedirme recomendaciones).

He de reconocer, sin embargo, que esta obra de la que os hablo hoy es una de las que menos he disfrutado: creo que es la más ambiciosa de las que he leído (junto a Tercera muchacha (1966); ambas pertenecen a la última época), que busca una complejidad excesiva y esto le pasa factura (lo que no pasa con el otro título que os cito). Para mí, se divide en dos partes muy diferenciadas. La primera presenta la investigación, plantea todas las pruebas, todo ello regado con ese duelo dialéctico que realizan de forma constante los personajes principales y que es una delicia. Reconozco que el planteamiento es verdaderamente intrigante, y el hecho de que se mire al pasado y que se tantee el espionaje le da un toque de thriller más actual que me interesaba mucho. Y sí, durante la totalidad de la parte inicial disfruté como una cría. Los ires y venires de Tuppence son geniales, y su locuacidad resulta muy divertida.

El problema viene en lo que doy a llamar la segunda parte. La cosa se estanca y pierde le interés cuando la aparición de las pruebas se dosifica tanto que ya parecen hasta torpemente hiladas (no lo están: es la sensación que produce el texto durante la lectura). La ecuación diálogo>narración se torna también en su contra, pues la trama no avanza salvo a trompicones concretos, como el descubrimiento de X o la muerte de Y: el resto son deducciones vanas y aburridas. Incluso las conversaciones entre los personajes principales pierden su chispa para tornarse en anquilosadas, redundantes y solo meramente anecdóticas. Una lástima: dos personajes carismáticos se convierten en seres aburridos y planos sin interés narrativo.

Las novelas de Agatha Christie (por extensión, la novela detectivesca en general) suelen ser obras ágiles, inteligentes, que sorprenden al lector con cada una de las pesquisas de los detectives en cuestión. No es el caso. Aquí la trama llega al extremo de ser muy aburrida de leer, pese a tratarse de una obra escrita con un estilo sencillo y poco dado a las estridencias. El problema es el siguiente: de una línea argumental en apariencia limitada surgen una serie de hilos a los que no se dedica el tiempo suficiente sino que tan solo se mencionan. Por tanto, por más que la idea de la que parte sea más compleja que el habitual crimen en que se basa la autora, termina siendo una novela más pueril de lo normal, cuya trama no es solvente.

Para mí es un gran no. Hay muchísimas obras de la autora que merecen la pena, pero esta no es una de ellas, pese al entretenimiento del que puede proveer. Una lástima que cerrase su trayectoria con ella.

(Traducción de Ramón Margalef Llambrich para Molino, 1973)